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La literatura mapuche encuentra un hogar en Chile

Fuente: elpais.com

Osorno, 9 de julio de 2023 – Marco Aviles

La primera feria del libro mapuche sirvió también para hablar de los sueños de un Wallmapu libre, es decir, de un país mapuche autónomo. Lo que en política parece tabú, en la literatura es un campo abierto para la imaginación

 

Adolfo Huinao tenía unos 5 años cuando su madre tejió una soga con algas marinas y se amarraron juntos a una roca en la playa, justo donde rompían las olas. Ese lugar peligroso les sirvió de escondite cuando un grupo de extraños llegó a la isla donde vivían, en el sur del continente, para expulsarlos de sus tierras. Asesinaron al padre de Adolfo y a su hermano mayor, pero él y su madre lograron salvarse huyendo en un bote. Tiempo después, desembarcaron en lo que les pareció una isla más grande, y se quedaron a vivir allí. Adolfo aprendió a hablar español y con el tiempo, más o menos cuando tenía 12 años, supo que ese lugar al que había llegado se llamaba Chile.

Adolfo nunca supo quiénes eran aquellos hombres, pues jamás volvió a su tierra. La poeta Graciela Huinao, su nieta, comparte esta historia, un jueves de fines de junio de 2023. Estamos en un salón del Centro Cultural Osorno, en la ciudad chilena homónima levantada en la Fütawillimapu, como el pueblo mapuche-huilliche denomina a su territorio histórico. Es Chile y al mismo tiempo no lo es. Graciela hojea un libro en busca del poema Los gansos dicen adiós, que escribió en recuerdo de su abuelo, mientras una rueda de gente la sigue cautivada por el relato. La Primera Feria del Libro Mapuche-Huilliche ha reunido a artistas mapuche de diferentes regiones, y los salones están llenos de recitales, talleres, conciertos y mucho frío. Las estufas eléctricas, alrededor de las cuales nos cobijamos, le dan a las actividades un aire de reunión atemporal.

Graciela, que de niña disfrutaba escuchando a sus mayores en la cocina, y sentada en pellejos de oveja, dice que su abuelo Adolfo no era mapuche, como ella, sino de un pueblo indígena de “mucho más al sur” del continente, quizá kawéskar o chonos. Como ha ocurrido con los mapuche hasta muy avanzado el siglo XX, el abuelo y su gente también fueron expulsados de sus territorios y empujados a vivir de manera forzosa en Chile. Graciela, de 67 años, debe tener la misma edad que su abuelo cuando este le contó sobre su origen. Mientras lee, cuesta no cerrar los ojos para imaginar a esa niña asombrada ante los túneles de la historia:

Anciano como eras

me alzaste del suelo

y de tu boca nació la muerte

desembarcando en tu playa.

Tu padre y tu hermano

remaron al sacrificio.

(…)

Abuelo, hoy sé

nunca fuiste Williche

tu origen Chono o Kawaskar

no subió al bote

el día que robaron tu tierra

y tu raíz.

Ahora entiendo

la pena de tus ojos.

De tu origen navegando

en el gran cementerio

del Pacífico Sur.

Después de los aplausos y un breve silencio, Graciela levanta la mirada del libro. “A lo mejor yo no soy la poeta –dice con un tono reflexivo–: los verdaderos poetas y los verdaderos escritores son ellos, los abuelos y abuelas. Porque nosotros los mapuche conocemos la historia por lo oral. ¿Y quién nos transmitió lo que sabemos? Fueron ellos”. Graciela ha terminado de escribir dos libros con los relatos que sus mayores le contaron de niña, y pronto se sumarán a los siete que ha publicado antes, entre poesía, cuento y novela. Las más jóvenes mencionan su nombre (junto a los de Elicura Chihuailaf, Leonel Lienlaf, Jaime Huenún) al hablar de la generación histórica que comenzó a publicar en el Chile de los ochenta y noventa resaltando su origen mapuche.

Esa actitud, tanto literaria como política, iba en paralelo con la reorganización de los movimientos mapuche de resistencia, y a la vez expresaba la identidad de una literatura no solo vigente sino muy antigua. “Dicen que fui la primera mujer en este país de un pueblo originario que publicó un poema, un libro, una novela”, dice ahora con la perspectiva que da el tiempo. “Yo les digo: no soy la primera. Soy la primera escritora que se atrevió a decir que era mapuche. Ahí tenemos a la Violeta Parra, a la misma Gabriela Mistral. Uno las ve y son rostros originarios. Pero en la época en que ellas vivieron era tan terrible ser de pueblo originario que si hubieran dicho que lo eran nadie habría comprado sus discos y libros. La discriminación era tan grande”, reflexiona. En el bosque del “mestizaje” latinoamericano, muchos somos árboles voluntaria o involuntariamente mutilados de nuestros troncos y raíces indígenas.

La feria de las grandes preguntas

La feria se inaugura en un auditorio de paredes muy altas propicio para acoger grandes preguntas. ¿Qué es la literatura mapuche? ¿Cuál es su historia, su lugar, su futuro? El poeta e historiador Bernardo Colipán, que ha sido invitado a dar unas palabras, habla con los ademanes hipnóticos de un profesor a quien provoca mirar tanto como escuchar. “La literatura mapuche, como actividad oral, existe desde mucho antes de la colonización”, dice ante una audiencia repleta de colegas, autoridades y estudiantes de escuela, entre mapuches y chilenos. Mucho de lo que se dice desafía la historia del Estado nacional homogéneo; esa forma de relato nacional que, en cualquier parte del continente, te convence de que los pueblos que existían antes de la colonización desaparecieron, se disolvieron en el mestizaje o van camino a extinguirse y en buena hora.

En Chile, esa sensación de destino permitió que las élites criollas ejercieran contra los pueblos indígenas violencias comparables e incluso peores a las que se atribuye a la colonia. Los mapuche-williche, que lograron resistir a los ejércitos españoles casi hasta el filo del siglo XIX, fueron finalmente incorporados al Chile republicano durante cruentas campañas militares de “pacificación”. No solo perdieron territorios y los sobrevivientes fueron empujados a emigrar, sino que sus niños fueron capturados en escuelas-misiones donde se los “chilenizaba” a la fuerza.

La literatura mapuche —dice Colipán— se orienta en buena parte a la memoria de lo que su pueblo ha vivido y vive. Por eso, la escritura no comienza en las últimas décadas, sino que fue usada activamente por los lonkos (caciques) que escribían cartas y memoriales para denunciar los despojos y violencias que ocurrían en sus territorios. “En esas cartas”, dice el historiador, “se realizaba una poética de la memoria importante”. El peso de esa memoria es de tal magnitud que, en 2017, la entonces presidenta Michelle Bachelet pidió perdón “por los errores y horrores que ha cometido o tolerado el Estado en nuestra relación con ellos [los mapuche] y sus comunidades”. El término ‘horrores’ parece un eufemismo, pero el significado está escrito de manera muy profunda en la geografía. Hoy la ciudad de Osorno, en el centro del territorio mapuche-huilliche, está rodeada de inmensos campos industriales de pino y eucalipto que han vuelto las tierras inservibles para la agricultura y siguen expulsando a las familias a ciudades como Santiago o Valparaíso.

Muchas familias regresan e intentan recuperar sus tierras. Otras veces, los hijos crecen en la diáspora, en barrios “marginales”, chabolas o pueblos jóvenes, y desde allí construyen nuevas formas de mapuchidad. Bernardo saluda a esos peñis (amigos) que llegan desde diferentes partes. “Esta poética transita por todos los territorios del Wallmapu con ustedes, que en algún momento nacieron en un territorio, pero se han movido de su lof (comunidad) “. Allí está el poeta David Aniñir, que se crió en Santiago, y en su poesía habla de un mapuche urbano, un Mapurbe, y que escucha la inauguración desde un viejo sofá, en el fondo de la sala, al que él llama la zona VIP. También está la escritora Daniela Catrileo que, junto a Ange Cayumán, edita la revista bilingüe Traytrayko, diseñada especialmente con letras grandes para ser leída por personas mayores y para quienes viajan en autobuses interprovinciales. “Hay una mapuchización de Santiago”, dijo Catrileo en una entrevista tras publicar su maravilloso libro de cuentos Piñén. En ese desafío también hay una invitación a mirar la capital de Chile con otros ojos.

Más tarde, en el mismo auditorio, se presenta el libro Wajmapu Wixal, una antología de poetas mapuche de diferentes regiones. La mesa de autores se enfrenta a un auditorio repleto de estudiantes de las escuelas locales, y al desafío de lograr que la poesía sea más atractiva que el contenido de los celulares. La poeta y narradora Daniela Catrileo, que ha viajado desde Valparaíso, toma la palabra: “Voy a leer un poema que tiene un imaginario de mujeres que luchan, mujeres que no tienen un pueblo específico, un gran pueblo indígena que lucha contra los invasores. Y está contado en la voz de una guerrera. Así que cuando yo lea esto tienen que imaginarse a una guerrera antigua”.

N i ñ a s p u m a

N i ñ a s c i e r v o

bailando lo que resta de vida

En este amasijo de tierra

¿qué más se puede hacer?

Nadie quiere aceptar el final

Mañana volveremos a las ofrendas

Y yo diré:

este es mi cuerpo

esta es mi sangre

esta es mi promesa para ustedes

Voy a torcer cuellos enemigos

patear cráneos

honrar la ficción indecible

que no podremos escribir

Antes de ver sus cabezas apiladas en el campo

me iré a reventar yanaconas

Esa será mi última fiesta

Cierro los ojos e imagino una canción, pero lo que realmente me intriga es saber qué ocurre en la cabeza de los estudiantes. Hablan entre sí, comentan en voz bajita con las maestras, se ríen ante el sonido de ciertas palabras. ¿Es una contradicción que, siendo mapuche, muchas de las autoras y autores no escriban en mapudungún sino en español? Las personas indígenas suelen estar sometidas a un control estricto sobre cómo hablan y lucen, y hay quienes esperan que cumplan con estereotipos de pureza que no se les exige a las personas blancas o mestizas.

Según un diario local, un grupo de activistas contrarios a la restitución de tierras llamado “Mujeres por la Paz de la Araucanía” le ha exigido a la Comisión por la Paz y el Entendimiento que someta a “tests genéticos” a los habitantes de su región para saber quiénes son mapuche y quiénes no. Las personas blancas no tienen que demostrar genéticamente que lo son para obtener derechos. “No solo nos arrebataron la tierra sino el idioma”, me dirá en otro momento el poeta David Aniñir. “¿Quién me puede decir ahora en qué idioma debo o no debo escribir?”. Aniñir, hijo de padres que emigraron a Santiago de Chile, escribió un libro ya mítico sobre el conflicto de ser mapuche y crecer fuera del territorio. Lo tituló Mapurbe, y ahora es el sobrenombre que le achacan sus colegas: “Mapurbe, tu turno”. Aniñir toma el micrófono, mira a la audiencia: “Soy de Santiago”, dice. “Me pregunto qué hago acá. Y tiene mucho sentido porque mi madre es de acá, de la zona. Seguro es algo que quizá están aprendiendo ustedes. Hay un conflicto que lamentablemente goza de buena salud”.

Somos mapuche de hormigón

Debajo del asfalto duerme nuestra madre

Explotada por un cabrón.

Nacimos en la mierdopolis por culpa del buitre cantor

Nacimos en panaderías para que nos coma la maldición

Somos hijos de lavanderas, panaderos, feriantes y ambulantes

Somos de los que quedamos en pocas partes

El mercado de la mano de obra

Obra nuestras vidas

Y nos cobra

Madre, vieja mapuche, exiliada de la historia

Hija de mi pueblo amable

Desde el sur llegaste a parirnos

Un circuito eléctrico rajó tu vientre

Y así nacimos gritándoles a los miserables

MARRI CHI WEU!!!! MARRI CHI WEU!!!! MARRI CHI WEU!!!!

En lenguaje lactante.

¿Preguntas? Después del clásico silencio, murmullos tímidos recorren la sala y entonces se levanta una primera mano valiente: “¿A qué se refería con Marri chi weu?” La tensión se disipa entre risas. “Marri chi weu viene de nuestros antepasados”, responde Aniñir. “Significa que si uno cae, en el contexto de resistencia, otros diez se levantan”. Y enseguida añade: “Pero también lo entiendo como que, cuando nacemos, y el doctor te da una palmada en el potito, en vez de llorar ‘¡Waaa!’, los mapuche dicen ‘marri chi weu’”.

Las carcajadas dan rienda suelta a la valentía y al bombardeo de preguntas. “¿Cómo aprendieron a hablar mapudungún?” “¿Quiero saber si entre los mapuche existe la magia?” “¿Cómo se llamaba la bandera que usaban los mapuches antes?” Las respuestas se suceden con fluidez hasta que llega una bastante grande que recuerda que ya casi es la hora del almuerzo. “¿Pronto habrá un perdón al winka? Siempre he tenido esa duda”, pregunta un niño. Winka es una palabra usada para nombrar a los chilenos, y en la pregunta reverbera el pedido de perdón de Bachelet.

Ahora el silencio recorre la mesa de los presentadores. “A preguntas muy complejas, respuestas débiles, pero con conciencia”, dice Bernardo Colipán, recogiendo el micrófono. “El pueblo mapuche es un pueblo de paz. A la vez, el territorio siempre ha estado en proceso de resistencia para defender el lugar donde sembraron la placenta de nuestras abuelas”. El rostro de algunos niños es de interrogación. “Ustedes saben. Cuando nacía un niño o niña, se sembraba la placenta en la casa. Por eso, nadie va a querer que alguien externo entre a la fuerza a quitarte la tierra donde está plantada la placenta de tu mamá, de tu hermano, de tu abuelo. Por eso, la resistencia que hay en el territorio no va a terminar”.

“¿Qué es para usted Wallmapu libre?”, se lee en un pequeño papel que los participantes en el taller de la poeta y artista Kütral Vargas Huaiquimilla deberán completar al final de un pequeño ejercicio. Kütral los separa en dos grupos y a cada uno les entrega un pedazo de tela de camuflaje militar, apenas más pequeña que un mantel, que oculta otra capa de tela. Usando los dedos para deshacer o romper las costuras, la tarea consiste en descubrir qué esconde ese lienzo militar. El reto es divertido y a la vez desesperante y a ratos provoca usar la fuerza y los dientes, hasta que descubres que es más eficiente retirar los hilos uno a uno, con paciencia.

En el trabajo de Kütral, que también es modelo, investigadora de moda y performer, la imaginación y la escritura pueden estar unidas de forma orgánica al propio cuerpo. A mediados de 2017, en un evento en vivo, se tatuó decenas de heridas de bala en la espalda, como aquellas que los noticieros muestran en los cuerpos de quienes protestan para recuperar los territorios y son repelidas por policías y militares. Muchas veces, los activistas son procesados como terroristas, término legal que el sistema usa para reducirlos y apresarlos. ¿Qué es para ti un Wallmapu libre?, le pregunto a Kütral, unos días después, cuando la feria ha concluido. “Siento que para quienes saben qué es Wallmapu, es una especie de sueño colectivo, pensar un territorio sin militarización”, me escribe de vuelta. “Como un sueño, es frágil y es necesario de un cuidado”. Palabras como libertad, autonomía y hasta soberanía son, en efecto, un lenguaje delicado. El Wallmapu puede imaginarse más allá de Chile, pero Chile no puede imaginarse sin el Wallmapu.

En la sala, los participantes del taller logramos finalmente retirar la tela militar. Debajo de ella, aparece la bandera mapuche de tres franjas o wenufoye, la misma que circuló por todo el mundo, cuando flameaba en la plaza Baquedano, corazón de Santiago, en una de las fotos más icónicas del estallido social.

A diferencia de otras ferias de libro que se concentran obsesivamente en la venta, la Primera Feria del Libro Mapuche-Williche parece enfocada en la lectura y la conversación. Todos los autores invitados pasan el día en los salones y pasillos hablando con la gente, o participan en las actividades y hacen preguntas o debaten abiertamente. La feria se siente como un gran esfuerzo colectivo, familiar, más que una actividad diseñada para el brillo individual de quienes venden más.

“La feria fue un sueño que comenzamos a tejer mucho antes de la pandemia”, me dice Roxana Miranda Rupailaf cuando la intercepto al vuelo para que me firme su último libro, Kewakafe, un diálogo entre el boxeo, el erotismo y la escritura, que empieza con estos golpes:

Escribir es como golpear

Cuando escribo –por ejemplo–

imagino que golpeo aguas, rocas

la sed de tu garganta. (…)

Hay en mis puños

la potencia, el hambre

de mover una montaña

trisar el cielo de palabras

Rupailaf es una de las organizadoras de la feria junto al gestor cultural Fabián Yefe y la directora de la Corporación Cultural Osorno, Rosana Faúndez. “El sueño se fue posponiendo y posponiendo por falta de recursos, hasta que finalmente aparecieron los recursos y ya no había más razones para posponerla”, me dice. Aunque ha tenido poca cobertura en los medios, esta feria es un gran hito literario, en la línea del reconocimiento del escritor Elicura Chihuailaf con el Premio Nacional de Literatura 2020. El impacto se irá notando en el tiempo, pues el plan es que la feria crezca cada año. Los organizadores esperan que en el futuro los autores puedan visitar los colegios. También quisieran convocar a escritores mapuche del lado argentino y a participantes de otros pueblos originarios. ¿Podría ser la gran feria de literaturas indígenas de la región?

Rupailaf firma mi libro y se sumerge en las coordinaciones. Al lado de la fecha, ha escrito la palabra Chaurakawin, el nombre mapuche del lugar donde nos encontramos y que los españoles ocuparon en 1558 llamándolo Osorno. Como los territorios del continente fueron primero territorios indígenas, habitamos espacios vivos de escritura, reescritura, borramiento y olvido, pero también de memoria y disputa. Escribo eso en mi cuaderno el día final de la feria, mientras el historiador y poeta Bernardo Colipán guía a un grupo de participantes por algunos sitios históricos de Chaurakawin. Una colina muestra la ciudad, sus calles, sus edificios, sus ruidos. Bernardo nos invita a viajar a 1601. Cinco mil soldados mapuche vigilan la ciudad desde esa distancia. Eventualmente descienden, recuperan su territorio y logran expulsar a los colonizadores durante los próximos dos siglos. “¿No fue esa la primera independencia en el continente?”, pregunta Colipán. “¿Por qué creen que no se conoce así?”

La respuesta parece habitar en el Fuerte Reina Luisa, un pequeño museo de la ciudad a orillas del río, que cuenta la historia de Osorno a través de cuadros y maquetas de hitos históricos. 1558, los españoles fundan la ciudad; 1604, asalto y destrucción; 1793: tratado entre huilliches y españoles; 1796, se refunda Osorno, reconstrucción y población; 1820, se expulsan a los realistas; 1846, se inicia la inmigración europea, colonización alemana. Los mapuche solo aparecen en la firma de la derrota y como sirvientes. ¿Dónde está su historia? ¿Su resistencia?

Unos días más tarde, de regreso en Santiago, recorro librerías con una perplejidad parecida. Hay mesas especiales sobre Literatura chilena, donde resaltan las novedades chilenas, pero no hay en ellas las novedades de autores o autoras mapuche. Tampoco suele haber en las librerías mesas de exhibición de Literaturas indígenas, y los libros hay que buscarlos en los anaqueles o pedir que los busquen. La primera impresión es que se trata de un borramiento voluntario, como ocurre con la historia el caso del museo de Osorno, o acaso de una forma de discriminación que puede mejorarse con inclusión. Sin embargo, parece más bien la proyección en la escena literaria de un problema político mayor.

https://elpais.com/america-futura/2023-07-09/la-literatura-mapuche-encuentra-un-hogar-en-chile.html

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